Bartolomé Esteban Murillo: la infancia, la pobreza y la guerra en su pintura

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) fue uno de los grandes maestros de la pintura española del Siglo de Oro y el artista que fijó en el imaginario colectivo la imagen de la Inmaculada. Nacido y formado en Sevilla, convirtió la vida religiosa, los retratos y las escenas cotidianas en un repertorio de imágenes marcado por la luz, la humanidad y una extraordinaria capacidad para representar la infancia.

Su pintura refleja tanto la devoción de la sociedad sevillana como las dificultades de una ciudad golpeada por la pobreza, la enfermedad y el hambre. Santos, mendigos, niños huérfanos y personajes populares aparecen en sus lienzos con una mezcla de realismo, ternura y dignidad que distinguió a Murillo de las interpretaciones beatíficas y edulcoradas que posteriormente se difundieron sobre su obra.

Sevilla, la ciudad de Murillo

Bartolomé Esteban Murillo fue el menor de los catorce hijos de Gaspar Esteban, barbero cirujano, y María Pérez. Nació en los últimos días de 1617 y fue bautizado el primero de enero de 1618, aunque se desconoce qué día nació.

Su padre disfrutó de una buena situación económica que le permitió mantener holgadamente a su familia. Pero cuando Bartolomé tenía apenas nueve años, sus padres fallecieron en el corto intervalo de seis meses. Desde que sus padres murieron cuando tenía unos 10 años, fue puesto bajo la tutela de Juan Agustín Lagares, el marido de una de sus hermanas.

El apellido Murillo, con el que a menudo firmaba sus obras, es en realidad el apellido de su abuela materna.

Sevilla era una importante ciudad comercial en aquellos días. Esto le dio a Murillo la oportunidad de conocer el trabajo de grandes pintores de otros países. Especialmente los pintores flamencos Rubens, Raffaell y van Dyck influyeron en el estilo de Murillo.

Su formación artística empezó en 1630 con el pintor Juan del Castillo, casado con una prima carnal de Murillo. Murillo comenzó sus estudios de arte en Sevilla con un pariente lejano de su madre Juan del Castillo.

Las primeras pinturas de Murillo fueron fuertemente influenciadas por pintores españoles como Zurbarán, Jusepe de Ribera y Alonso Cano. Como ellos, cultivó un enfoque fuertemente realista, que se basaba en el estilo italiano de Tenebroso.

Poco se sabe de los años juveniles de Murillo, excepto que en 1633, a los quince años, se inscribió para embarcarse hacia América, aunque no parece que realizara el viaje.

Se cree que Murillo se fue a Madrid a estudiar en 1642, a la edad de 26 años. Sin embargo, no hay registro del viaje. A partir de la década de 1650, la pintura de Murillo asumió influjos procedentes de Flandes y de Italia, a lo que pudo contribuir su viaje a Madrid en 1658, que le permitió contemplar las obras de Tiziano, Rubens y Van Dyck conservadas en las colecciones reales.

En el transcurso del viaje a Madrid el estilo de Murillo cambió. La influencia de Velázquez es especialmente notable en el cuadro El joven mendigo (1645), ya que aquí, Murillo cambió del oscuro Tenebroso a un estilo claramente más brillante y lleno de luz.

El joven mendigo de Murillo

La infancia como tema artístico

El cambio hacia una pintura más luminosa coincidió con el desarrollo de un tema que se convertiría en una de las señas de identidad de Murillo: las mujeres y los niños contemporáneos en España.

Este iba a ser el primero de un gran número de cuadros que mostraban mujeres y niños contemporáneos en España. Aunque se hizo conocido sobre todo por sus obras religiosas, como La Virgen y el Niño, María Inmaculada o La Huida a Egipto, Murillo pintó motivos cotidianos con mucha más frecuencia.

Entre estas escenas cotidianas, la obra Dos chicas en la ventana es particularmente conocida hoy en día.

En la amplia producción de Murillo se recogen también alrededor de 25 cuadros de género, con motivos principalmente, infantiles. Algunos de ellos, como los Niños jugando a los dados, aparecieron mencionados ya a nombre de Murillo en un inventario efectuado en Amberes en 1698.

Aunque sus protagonistas son habitualmente niños mendigos o de familias humildes, pobremente vestidos e incluso harapientos, sus figuras transmiten siempre optimismo, pues el pintor busca el momento feliz del juego o de la merienda a la que se entregan divertidos.

Asimismo, Murillo extrajo de la vida cotidiana una serie de tipos populares -mendigos, tullidos y enfermos, gentes de mísera condición- que se convirtieron en protagonistas de sus cuadros.

En obras maestras como Niño espulgándose, Niños comiendo melones y uvas y Niños jugando a los dados, Murillo representó a los niños huérfanos, abandonados y sin familia que vivían en la calle utilizando su astucia, ingenio y habilidad para sobrevivir de un día para otro.

Niños jugando a los dados Murillo

Del sufrimiento a la alegría

La soledad y el aire de conmiseración con que retrató al Niño espulgándose desaparecerá en las obras posteriores, con fechas que van de 1665 a 1675.

La comparación con Abuela despiojando a su nieto ilustra el cambio de actitud: las notas de tristeza y soledad han desaparecido por completo y lo que atrae al pintor es el espíritu infantil siempre dispuesto al juego, retratando al niño entretenido con un mendrugo de pan y distraído con el perrillo que juega entre sus piernas mientras la abuela se encarga de su higiene.

Esa alegría infantil es la protagonista absoluta de otro lienzo de pequeño formato tratado con pincelada vivaz y abocetada conservado en la National Gallery de Londres, el llamado Niño riendo asomado a la ventana, sin otra anécdota que la simple sonrisa abierta del muchacho asomado a la ventana desde la que ve algo que a él le hace reír, pero que a los espectadores del cuadro se les oculta.

En estas escenas, Murillo no convierte a los niños pobres en figuras abstractas ni en simples símbolos de miseria. Sus protagonistas conservan una presencia individual y una capacidad de disfrute que transforma el cuadro en una escena de humanidad inmediata.

Infancia religiosa: el Niño Jesús y san Juan Bautista

La infancia aparece también en la pintura religiosa de Murillo. En esa década, el artista creó algunas de las obras que le consagrarían dentro del ámbito sevillano y que proyectaron su fama fuera de él.

Destacan una serie de representaciones del Niño Jesús y de San Juan Bautista niño -como el Buen Pastor, San Juanito y Los niños de la concha-, cuyas bellas y amables fisonomías infantiles cautivan la atención del espectador por su encanto y amabilidad expresiva.

En todo momento aparecen como guardianes y protectores del alma cristiana; todo ello sobre paisajes de intensa placidez natural, intensificada por resplandecientes luces doradas celestiales.

La representación de la infancia sagrada permitió a Murillo unir la ternura de los rostros infantiles con el lenguaje doctrinal de la pintura religiosa. El espectador encontraba en esas figuras una imagen accesible de la protección, la inocencia y la esperanza.

San Juan Bautista Niño Murillo

La situación social de Sevilla

Sevilla vivía por aquel entonces unos momentos difíciles, marcados por la pobreza, la enfermedad y el hambre. En 1649, una epidemia de peste provocó decenas de miles de víctimas.

La pintura de Murillo reflejó con agudeza este ambiente de depresión social y económica. Así, encontramos en sus óleos un amplio repertorio de santos que ejercen la caridad y atienden a los enfermos, como si con ello el pintor quisiera aliviar la difícil existencia diaria de sus conciudadanos ofreciéndoles la protección de importantes personajes celestiales.

La presencia de mendigos, tullidos, enfermos y niños de la calle no debe entenderse únicamente como un recurso pintoresco. Murillo incorporó a la pintura figuras reconocibles de la vida urbana sevillana y les concedió una visibilidad poco habitual en la tradición artística.

La pobreza aparece, por tanto, como una realidad concreta, pero sus personajes no quedan reducidos a la humillación. El pintor los representa mediante gestos, juegos, alimentos, miradas y relaciones familiares que hacen visible su vida cotidiana.

Los primeros encargos y el reconocimiento en Sevilla

En 1645 contrajo matrimonio con Beatriz de Cabrera, en principio contra la voluntad de la joven, aunque al final la pareja mantuvo una relación estable y llegaron a tener diez hijos. Se casó con Beatriz Sotomayor y Cabrera en 1645. Con ella tuvo al menos 10 u 11 hijos, muchos de los cuales, sin embargo, probablemente murieron en la infancia.

En este mismo año de 1645 su carrera arrancó brillantemente al ocuparse de la realización de las pinturas del llamado claustro chico del convento de San Francisco de Sevilla, que consagraron su fama en la ciudad.

En estas obras de carácter naturalista, con tipos y escenas derivados de la vida real, Murillo hacía apología de las virtudes y milagros de la orden franciscana a través de episodios protagonizados por sus principales santos.

Hacia 1660, cuando fundó la Academia de Pintura de Sevilla, Murillo disfrutaba de un indiscutido reconocimiento. El pintor barroco se convirtió en uno de los más famosos e influyentes pintores de Sevilla desde mediados del siglo XVII.

La aristocracia sevillana y algunos ricos comerciantes establecidos en la ciudad le hicieron numerosos encargos. Por ejemplo, Murillo realizó uno de sus más perfectos conjuntos pictóricos para el marqués de Villamanrique: una serie de cinco cuadros sobre sendos episodios de la vida de Jacob, que debían adornar los salones de este aristócrata y que hoy se encuentran repartidos por distintos museos de todo el mundo.

La pintura religiosa y la infancia sagrada

Con todo, sus mecenas más habituales fueron las instituciones eclesiásticas de Sevilla. Una de sus obras fundamentales, El nacimiento de la Virgen, la pintó para la catedral de Sevilla, aunque actualmente se conserva en el Museo del Louvre de París.

La escena muestra el gozoso conjunto de expresiones de las matronas que lavan y visten a la recién nacida, mientras que su madre, santa Ana, aparece al fondo de la escena, aún recogida en su lecho.

En la pintura religiosa de Murillo, la infancia no es un elemento secundario. El Niño Jesús, san Juan Bautista niño y las figuras infantiles que acompañan a la Virgen introducen una dimensión afectiva en escenas destinadas también a la enseñanza de la doctrina cristiana.

Los pintores españoles fueron los grandes maestros en el empleo de la luz, símbolo de la divinidad, en la pintura religiosa del Siglo de Oro, a partir del siglo XVI.

La característica principal de esta pintura era su carácter didáctico en una sociedad analfabeta. El máximo exponente de este estilo es Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), cuya obra se hizo famosa fuera de España gracias a los encargos de comerciantes extranjeros y al expolio realizado por los franceses en la Guerra de la Independencia.

Entre sus obras destacan La Sagrada Familia del Pajarito y La Virgen con el Niño, y aparecen la Inmaculada Concepción y los niños de la calle como temas recurrentes.

La Sagrada Familia del Pajarito

La Inmaculada Concepción

Se conocen cerca de veinte cuadros con el tema de la Inmaculada pintados por Murillo, una cifra solo superada por José Antolínez y que ha hecho que se le tenga por el pintor de las Inmaculadas, una iconografía de la que no fue inventor, pero que renovó en Sevilla, donde la devoción se hallaba profundamente arraigada.

La más primitiva de las conocidas es, probablemente, la llamada Concepción Grande, pintada para la iglesia de los franciscanos donde se situaba sobre el arco de la capilla mayor.

Influenciado posiblemente por la Inmaculada de Ribera para las agustinas descalzas de Salamanca, que pudo conocer por algún grabado, Murillo la dotó de vigoroso dinamismo y sentido ascensional mediante el movimiento de la capa.

La segunda aproximación de Murillo al tema inmaculista está relacionada también con los franciscanos, consiste en el retrato de fray Juan de Quirós que fue encargado en 1652 a Murillo por la Hermandad de la Vera Cruz.

El fraile aparece retratado ante una imagen de la Inmaculada, acompañada por ángeles portadores de los símbolos de las letanías, e interrumpe la escritura para mirar al espectador, sentado frente a una mesa en la que reposan los dos gruesos volúmenes que escribió en honor de María.

La Inmaculada de Santa María la Blanca responde por lo demás a un prototipo creado por el pintor hacia 1660, años a los que pertenece la llamada Inmaculada de El Escorial, una de las más bellas y conocidas del pintor, quien se sirvió aquí de una modelo adolescente, de mayor juventud que en sus restantes versiones.

Sacada de España por el mariscal Soult, fue adquirida por el Museo del Louvre en 1852 por 586.000 francos de oro, la cifra más alta que se había pagado hasta ese momento por un cuadro.

Inmaculada Concepción de Murillo

Las guerras y la dispersión de las pinturas

La fama internacional de Murillo tuvo una consecuencia decisiva: muchas de sus obras abandonaron España. Sus pinturas devocionales íntimas y sus escenas de género con niños y personajes populares fueron especialmente valoradas en Europa.

Son pinturas devocionales muy íntimas y de género en las que retrata a niños y personajes populares que entonces eran más valoradas en Europa y que salieron muy pronto de España, por eso son menos conocidas.

La rapiña del mariscal Soult en la Guerra de la Independencia, que en 1810 se llevó unas 180 obras de la ciudad, entre ellos más de 15 murillos, fue producto precisamente de esa alta valoración que se tenía del barroco sevillano en Europa.

Tanta que Carlos III publicó una orden en 1779 prohibiendo la salida de obras de arte: «Ha llegado a noticia del Rey Nuestro Señor que algunos extranjeros compran en Sevilla todas las pinturas que pueden adquirir de Bartolomé Murillo, y de otros célebres pintores, para extraerlas fuera del reyno».

La salida de las obras por compras de comerciantes extranjeros, adquisiciones de casas reales europeas y expolios durante la Guerra de la Independencia explica que la presencia de Murillo sea hoy especialmente importante en museos de Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Italia, Alemania, Irlanda y otros países.

ObraInstitución o colección
La Virgen con el NiñoGalleria Corsini (Roma)
La Virgen con el NiñoGemäldegalerie alter Meister (Dresde)
San Juan Bautista NiñoNational Gallery (Dublín)
La Sagrada Familia (Las dos Trinidades)National Gallery (Londres)
La Virgen del RosarioDulwich Gallery (Londres)
Inmaculada ConcepciónColección Pérez Simón (México)
Cristo con la cruz a cuestasMusée Thomas Henry (Cherburgo)
Retrato de Íñigo Melchor Fernández de VelascoMuseo del Louvre
Retrato de don Andrés de Andrade y la CalMetropolitan Museum (Nueva York)

En 1665 realizó un conjunto pictórico para adornar la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, uno de los puntos culminantes de su creatividad. Se componía de cuatro pinturas que, en 1810, durante el dominio napoleónico, fueron sustraídas por los franceses.

Dos de ellas, El sueño del patricio y El patricio revelando su sueño ante el papa, terminaron en el Museo del Prado, mientras que El triunfo de la Eucaristía y la Inmaculada se encuentran en el Museo del Louvre y en una colección privada en Inglaterra, respectivamente.

Expolio napoleónico de obras de Murillo

La difusión internacional del pintor sevillano

Ya en 1724 Antonio Palomino, autor de su biografía, llamaba a Murillo «el pintor de Sevilla por antonomasia».

Unos 40 años después de su muerte, Palomino escribió: «Fuera de España se estima un cuadro de Murillo más que uno de Tiziano o Van Dyck».

El pintor fue valorado durante largo tiempo en Europa, especialmente por aquellas obras que mostraban devociones íntimas, niños y personajes populares. Muchas de estas pinturas salieron del país a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII adquiridas por comerciantes extranjeros o por casas reales europeas.

La pintura de género y las imágenes infantiles ofrecían una lectura distinta de la producción religiosa monumental. En ellas, el público europeo encontraba escenas próximas, espontáneas y comprensibles, mientras que la delicadeza de la pincelada y el tratamiento de la luz reforzaban su atractivo.

La exposición Murillo. IV centenario, organizada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, reunió 55 obras del pintor sevillano, de las cuales 20 no se habían visto antes en España.

Todo un despliegue realizado gracias a una veintena de prestadores internacionales -entre los que se encuentran el Louvre de París, la National Gallery de Londres, el Metropolitan de Nueva York o la Galleria Corsini de Roma- y cinco nacionales -como el Prado y varias colecciones particulares-.

La exposición permitió recorrer la producción de Bartolomé Esteban Murillo a través de obras desconocidas en España, muchas de las cuales salieron del país a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII adquiridas por comerciantes extranjeros o por casas reales europeas.

La exposición, que pudo verse hasta el 17 de marzo de 2019, fue la más ambiciosa de cuantas se habían realizado en la pinacoteca sevillana y una de las más completas sobre Murillo.

El recorrido de la exposición se inicia en la sala de la iglesia con las obras dentro de una estructura que las aísla de los grandes lienzos de otros artistas del barroco y continúa en la sala de exposiciones temporales.

En la iglesia se suman a la antológica las 17 obras de la serie del convento de los Capuchinos de Sevilla -otra de las exposiciones del año Murillo-; por lo que el Bellas Artes reúne 72 obras del pintor que fijó en el imaginario colectivo la imagen de la Inmaculada.

La antológica se divide en nueve áreas temáticas, desde la Santa infancia hasta El retrato; esta última junto a los espacios titulados Narrador de historias y Pintura de género son, en opinión de los comisarios, los más novedosos.

El método de trabajo y la luz

Valme Muñoz, directora del Museo de Bellas Artes de Sevilla, y comisaria de la muestra junto a Ignacio Cano, se ha centrado en esta nueva revisión de Murillo en los soportes que utilizó para su pintura y en sus métodos de trabajo.

Afortunadamente, porque no resulta fácil, en esta antológica podemos ver cinco bocetos junto a los óleos definitivos, algo importante para entender el método de trabajo del artista.

Además de los bocetos, que los artistas guardaban a modo de catálogo de presentación para futuros encargos, se conoce que Murillo tenía un liber veritatis, una especie de cuaderno de dibujo, del que puede haber salido la sanguina que forma parte de la muestra.

Es posible que Murillo dibujara con clariones, una especie de tiza que después se borraba, para encajar las figuras en el lienzo, pero esos trazos desaparecían bajo sus pinceladas y daba la sensación de que no existía un dibujo previo.

Para Muñoz, Murillo estaba a la altura de los mejores pintores europeos, como prueba que pintara La Natividad sobre obsidiana, «una piedra muy oscura sobre las que las figuras parecen emerger».

Las bodas de Caná (1669-1673), un lienzo prestado por el Barber Institute de la Universidad de Birmingham, está entre las mejores obras del artista.

Es una composición muy compleja, con un juego de miradas entre los personajes que invitan al espectador a entrar en el cuadro, en el que la luz penetra por varios puntos creando una atmósfera especial.

También destacan La Natividad, un óleo sobre obsidiana del Museo de Bellas Artes de Houston, y el lienzo Cuatro figuras en un escalón, del Kimbell Art Museum de Texas.

Las bodas de Caná de Murillo

La madurez artística y las instituciones sevillanas

En 1665 realizó un conjunto pictórico para adornar la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, uno de los puntos culminantes de su creatividad.

En 1667, los canónigos de la catedral de Sevilla encargaron a Murillo la decoración de la sala capitular, lugar de gobierno y de discusión de las gestiones económicas del templo.

Los canónigos quisieron que este espacio dedicado a las deliberaciones materiales estuviera presidido por la Virgen Inmaculada y por los principales santos de Sevilla -san Pío, san Isidoro, san Leandro, san Fernando y las santas Justa y Rufina-, presentados como ejemplo de dignidad espiritual, energía moral, sabiduría y sacrificio.

Casi de inmediato, entre 1667 y 1669, Murillo se entregó a otra de sus grandes creaciones: el amplio conjunto pictórico de la nueva iglesia de los Capuchinos de Sevilla, con lienzos que decoraban el retablo mayor y las capillas laterales.

A continuación, Murillo pintó para el Hospital de la Caridad -institución de la cual era hermano- un extraordinario repertorio de obras que le encomendó el aristócrata Miguel Mañara, hermano mayor del Hospital.

Entre las obras relacionadas con esta etapa se encuentra San Juan de Dios transportando a un enfermo, donde la caridad y la atención al necesitado adquieren una dimensión central.

Retratos y personajes de la sociedad sevillana

Murillo no sólo compuso obras de temática religiosa; también retrató a numerosos miembros de la sociedad aristocrática y burguesa de Sevilla, captando imágenes sobrias, dignas y elegantes de los protagonistas, dotadas de una profunda concentración espiritual.

Entre estos retratos se encuentran los de Andrés de Andrade y Justino de Neve, conservados respectivamente en el Museo Metropolitano de Nueva York y en la Galería Nacional de Londres.

La antológica sevillana incluyó también el Retrato de Juan Saavedra, el Retrato de Íñigo Melchor Fernández de Velasco y el Retrato de don Andrés de Andrade y la Cal.

El retrato muestra otra dimensión de la capacidad de Murillo: la observación de la dignidad, la posición social y la personalidad individual. Frente a la espontaneidad de los niños de la calle, sus retratos aristocráticos presentan figuras sobrias, concentradas y cuidadosamente construidas.

La última etapa y la muerte

En sus últimos años de vida, lejos de disminuir sus facultades creativas, su técnica superó los niveles alcanzados en décadas anteriores, con una pincelada cada vez más fluida y un colorido más transparente.

En la década de 1670, ejecutó varias pinturas dedicadas a exaltar la figura de san Fernando, que había sido canonizado en Roma en 1671.

Realizó asimismo espléndidas versiones del tema de la Sagrada Familia, como las que se conservan en la Galería Nacional de Londres y en el Museo del Louvre de París.

También pintó magníficas versiones de la Inmaculada, un tema que le proporcionó una gran fama, en las que siempre mostró a la Virgen con un bello semblante y una figura en movimiento, dinámica y ondulada en medio de áureos resplandores celestiales.

Tras quedar viudo en 1663, Murillo no volvió a casarse. Siete de sus diez hijos habían muerto y sólo uno de ellos, Gaspar Esteban, lo acompañó en sus últimos años.

En 1682, sufrió un accidente en su taller mientras trabajaba en las pinturas para el retablo mayor de los Capuchinos de Cádiz. Al parecer cayó al suelo desde un pequeño andamio, estrangulándose una hernia que padecía, hecho que quebrantó seriamente su salud.

La leyenda de su muerte se relaciona precisamente con este encargo, pues habría muerto como consecuencia de una caída del andamio cuando pintaba, en el propio convento gaditano, el cuadro grande de los Desposorios místicos de Santa Catalina, del que pudo completar sólo el dibujo sobre el lienzo e iniciar la aplicación del color en las tres figuras principales.

De su terminación se encargaría su discípulo Francisco Meneses Osorio.

Lo cierto es que el pintor comenzó a trabajar en esta obra sin salir de Sevilla a finales de 1681 o comienzos de 1682, sobreviniéndole la muerte el 3 de abril de este año.

Obras destacadas de Murillo sobre infancia, sociedad y religión

  • El joven mendigo
  • Niño espulgándose
  • Niños comiendo melones y uvas
  • Niños jugando a los dados
  • Abuela despiojando a su nieto
  • Niño riendo asomado a la ventana
  • Dos chicas en la ventana
  • El Buen Pastor
  • San Juanito
  • Los niños de la concha
  • La Sagrada Familia del Pajarito
  • La Virgen con el Niño
  • La Huida a Egipto
  • La Inmaculada de El Escorial
  • El nacimiento de la Virgen
  • Las bodas de Caná
  • Cuatro figuras en un escalón

La obra de Murillo reúne así varios mundos: la infancia humilde de las calles sevillanas, la infancia sagrada de las escenas religiosas, la solemnidad de los santos, la dignidad de los retratados y la memoria de una ciudad cuyas pinturas fueron dispersadas por compras internacionales y por la violencia de la guerra.

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