El fuego ya no responde a las reglas de antes. Durante décadas, la imagen habitual de una emergencia en el monte se reducía a un mismo patrón: las llamas avanzaban empujadas por el viento y los equipos de extinción intentaban cortarle el avance con mangueras y descargas de agua desde helicópteros o camiones.
Sin embargo, las imágenes de las últimas semanas en los incendios que castigan la península y, muy especialmente, el fuego que ha arrasado estos días las Landas francesas, han vuelto a dejar una estampa dolorosa. Tristemente no son episodios desconocidos, sino que se suman a la trágica huella dejada en los últimos tiempos por los grandes siniestros de Tenerife, León o Almería, donde el fuego se ha cobrado vidas humanas.
Qué caracteriza a las llamas extremas
Lo que vuelve realmente temibles a estas nuevas llamas es su comportamiento extremo. Liberan tanta energía que son capaces de alterar la atmósfera que las rodea, alcanzar una velocidad de propagación inédita y generar su propio clima.
El desencadenante técnico suele ser la llamada «regla del 30-30-30», un escenario donde se juntan entre sí temperaturas por encima de los 30 °C, humedades inferiores al 30% y vientos que superan los 30 kilómetros por hora.
| Condición | Umbral |
|---|---|
| Temperatura | Por encima de 30 °C |
| Humedad | Inferior al 30% |
| Viento | Más de 30 kilómetros por hora |
El fuego que genera su propio clima
Cuando un incendio empieza a coger tamaño, se genera una célula convectiva cada vez mayor que en las partes altas forma nubes de gran tamaño cargadas de ceniza, denominadas pirocúmulos.
Esta gran nube tiene una fuerza para oxigenar enorme en la base de las llamas.

«Los cortafuegos se quedan ridículos. No hay uno capaz de cortar el fuego ante una célula convectiva que tiene 3.000 o 4.000 metros de altura», advierte Valladares.
La formación de estas estructuras atmosféricas muestra que el incendio deja de ser únicamente una combustión que avanza sobre la vegetación. La energía liberada modifica las condiciones que rodean al fuego y puede reforzar la entrada de oxígeno en la base de las llamas.
El cambio climático y la acumulación de combustible
Esta reacción en cadena no surge de la nada, sino que tiene su raíz directa en el impacto del cambio climático y en la acumulación de material seco en los montes.
Como apunta el propio Valladares, «estamos viendo globalmente que el número de incendios tiende a disminuir, aunque es algo que varía mucho de año en año. Lo que por el contrario va aumentando es la superficie quemada en cada incendio».
El problema principal es que los árboles, arbustos y plantas del bosque llegan al verano completamente deshidratados por culpa de las olas de calor cada vez más tempranas e intensas.
Como él mismo indica, «el combustible lo aporta el cambio climático desecando extraordinariamente la vegetación. Con estas olas de calor y sequías muy intensas, hace que lo que pueda ser vegetación se convierta en material seco inflamable».

Esta acumulación genera una contradicción muy peligrosa para los equipos de emergencia. Hoy en día los bomberos son extremadamente rápidos apagando casi cualquier aviso inicial, pero al no dejar que el monte queme un poco de hierba seca de vez en cuando, el bosque se llena de material inflamable o combustible que lo retroalimenta.
Federico Grillo, vocal del Colegio Oficial de Ingenieros Forestales (COIF), lo ilustra con precisión: «Somos increíblemente eficientes apagando fuegos, pero basta con que se nos escape un pequeño porcentaje, apenas un 1% o un 0,1% de los avisos, para que ese único incendio queme el 99,9% del territorio. Todo lo que no se había quemado en intervenciones anteriores se lo traga ese solo fuego».
Cuando arde la parte viva del bosque
Cuando el calor sofocante seca incluso la parte superior de las copas de los árboles, el peligro es inmediato.
En ese sentido, Grillo enfatiza que «lo peligroso de los incendios actuales es que empieza a arder la parte viva del bosque. Llegados a ese extremo, la estrategia para la operación cambia por completo».
La combustión de la vegetación viva modifica la dinámica del incendio y eleva la dificultad de las labores de extinción. En esta situación, la prioridad deja de ser actuar directamente sobre cualquier punto de las llamas y pasa a consistir en identificar las zonas donde todavía es posible trabajar sin poner en riesgo a los equipos.
La dinámica de un megaincendio
Grillo, con 27 años de experiencia en el sector a sus espaldas, compara la dinámica de estos megaincendios con la de un desastre natural: «Hay que entender el fuego como una avalancha. El viento y la pendiente lo empujan en un eje de propagación».
«Si la cabeza del incendio lleva llamas de 20 o 30 metros de altura, en esa zona no se puede hacer nada; es una zona a evitar a toda costa. Tienes que enviar a tus medios a donde sí se pueda trabajar y apartar a todo el mundo de la línea de peligro».
Combate Extremo de Incendios Forestales | Mini Documental en Español
La cabeza del incendio concentra las condiciones más peligrosas, especialmente cuando el viento y la pendiente favorecen el avance en un mismo eje. Por eso, la estrategia no consiste simplemente en acercarse a las llamas con más medios, sino en apartar a los equipos de la línea de peligro y concentrar la intervención en los sectores donde la intensidad permite operar.
Cómo cambia la operación según el tamaño del fuego
La operación en la zona pasa a consistir en un protocolo.
«Si el fuego es pequeño normalmente entras por cualquier lado», explica.
Pero cuando evoluciona, el escenario se complica: «Si ya empieza a presentar una zona peligrosa en la cabeza y dos flancos, es complejo. Normalmente, por protocolo, vas desde la cola hacia la cabeza».
«Si tú eres más rápido que el fuego consigues hacerlo, pero si el incendio corre muy rápido, se te va».
| Situación del incendio | Respuesta operativa |
|---|---|
| Fuego pequeño | Normalmente entras por cualquier lado |
| Incendio con cabeza y dos flancos peligrosos | Por protocolo, vas desde la cola hacia la cabeza |
| Cabeza con llamas de 20 o 30 metros | Es una zona a evitar a toda costa |
Los límites del agua y de los medios de extinción
En fuegos fuera de capacidad de extinción por su gran magnitud, el agua que recoge un helicóptero tradicional o un camión normal y corriente no basta.
De hecho, para intentar arañar tiempo en esa carrera, los servicios de emergencia han adaptado sus herramientas en los últimos episodios.
El sistema de lanzamiento instalado permite liberar a baja altitud y de una sola pasada el producto.
Más cerca, a escala local, el dispositivo enviado por la Diputación de Bizkaia para apoyar el pasado fin de semana las labores de extinción de incendios en Madrid utilizó unos robots claves para tratar de evitar el avance del fuego.

Sin embargo, por muy avanzada que sea la tecnología, el fuego de sexta generación impone límites físicos que están fuera del alcance de un humano.
En la cabeza del incendio, el problema ya no es la falta de medios, sino la temperatura.
«Hemos pasado de los antiguos operarios a un cuerpo súper profesionalizado, pero hay un techo», advierte Grillo de forma tajante.
El papel del agua y del fuego técnico
En ese punto, los operarios cambian el rol del agua, que pasa a un segundo plano para usarse para refrescar los flancos o proteger viviendas, y recurren a medios convencionales como el «fuego técnico».
La intervención directa sobre la cabeza puede resultar imposible cuando la temperatura y la altura de las llamas superan la capacidad de trabajo seguro. En esas condiciones, el agua se reserva para reducir la intensidad en los flancos y para proteger las viviendas.
«La clave es tener el terreno preparado de antemano para que baje la intensidad», explica Grillo.
«Si la cabeza va desatada, calculas dos o tres kilómetros por delante y provocas una quema controlada y planificada. Es decir, creas una franja sin vegetación para que, cuando el incendio principal llegue, se quede sin combustible y se detenga».

El fuego técnico requiere planificación previa y busca modificar las condiciones del terreno antes de que llegue la cabeza del incendio. La finalidad es reducir o eliminar la vegetación disponible en una franja situada dos o tres kilómetros por delante, de modo que el fuego principal encuentre menos combustible.
La prevención durante todo el año
Ni la aviación militar de gran tonelaje ni métodos como el fuego técnico pueden sustituir la necesidad de intervenir sobre el paisaje durante todo el año.
Valladares advierte de que «es un error contratar a bomberos solo a partir de junio porque si en primavera hay sequía, el territorio ya llega predispuesto».
La lección de estos incendios de sexta generación exige poner el foco desde antes.