El arte del antiguo Egipto es mucho más que estética: es un lenguaje visual que transmite su concepción de la vida, la muerte y la eternidad.
El antiguo Egipto es una de las civilizaciones más fascinantes de la historia. Durante sus 3000 años de historia, sus formas parecen no cambiar, no evolucionar, y nos transmiten la idea de eternidad.
El contexto histórico del arte egipcio
La civilización de Egipto ha sido, junto a la de Mesopotamia, una de las primeras en representar vida desarrollada y civilizada en el planeta Tierra -o al menos de la que se tiene registro, siendo esta la que se asentaó alrededor del río Nilo, como parte cultural, política, artística y social del Neolítico siendo esta sus raíces, junto al arte prehistórico.
A pesar de ello, las características que comienzan a tomar presencia del arte egipcio inician aproximadamente a partir del año 3.000 antes de Cristo, quedándose presente hasta la aparición de éste.
Hacia el 3.200 a.C., existen un conjunto de ciudades-estado, vertebradas por el gran río Nilo y organizadas entorno a las dos grandes áreas en que se divide geográficamente Egipto: por un lado el gran delta, zona pantanosa al norte, denominada el Bajo Egipto, por otro lado la cuenca del Nilo desde Asuán, al sur, el Alto Egipto.
Esta dualidad está muy presente en el imaginario egipcio, asociada al concepto de unificación de la dualidad, y que se remonta a la unificación del país por el mítico rey Menes, identificado con el rey predinástico Narmer, el cual aparece representado en la famosa paleta del Louvre.
La historia de esta civilización se divide en tres momentos fundamentales de esta manera:
- Imperio Antiguo: 3000 - 2050 a.C. momento en el que se inicia la construcción de las pirámides y en el que las artes comienzan a florecer.
- Imperio Medio: 2050 - 1800 a.C. momento en el que surge la economía y se desarrolla a partir de la descentralización del poder tanto económico como político.
- Imperio Nuevo: 1567 - 1085 a.C. se expande la conquista.
Alrededor del 2200 a.C. la desintegración del poder estatal da paso a una feudalización y una edad media en la que aparece un cierto florecimiento literario, con obras didácticas que reflejan este periodo de decadencia (Primer Periodo Intermedio).
La restauración del Estado, alrededor del 2040a.C. dará paso al Imperio Medio, que durará hasta la invasión de los hicsos, pueblos nómadas procedentes del Oriente medio, hacia el 1800 a.C., dando lugar al Segundo Periodo Intermedio, el cual finalizará sobre el 1550 a.C.
Fue así como los imperios sucesivos fuera dominado sus territorios por los persas hacia el 341 a.C. y luego tanto los griegos como los romanos.
Arte, artesanos y Casas de Vida
Cuando hablamos de pintura egipcia, lo primero que nos viene a la memoria son las imágenes de vivos colores que cubren las paredes de las tumbas.
Sin embargo, los autores de estas obras maestras que hoy admiramos no eran en su tiempo considerados artistas. De hecho, las palabras "arte y artista" no existían en el antiguo Egipto, y fueron muy pocos los autores que firmaron sus obras.
Aquellos que nosotros consideramos artistas eran para los egipcios simples artesanos que, cuanto más, merecían el calificativo de "hábil de dedos" o "de manos".
Los pintores eran también llamados "escribas del contorno", una denominación que indica la importancia que el dibujo tuvo en el arte egipcio, tanto en la escultura y el bajorrelieve como en la pintura.
De hecho, en el Egipto faraónico todas las artes plásticas estaban sujetas a las normas de las Casas de Vida, instituciones de aprendizaje adscritas a los grandes templos y dirigidas por el clero.
En la Casa de Vida se formaban los escribas -cuyos signos de escritura son dibujos- y todo tipo de profesionales, desde médicos a arquitectos.
Curiosamente, los pintores aprendieron el oficio de sus padres sin pasar por las Casas de Vida, aunque sí estaban obligados a seguir las normas emanadas de dicha institución.
La función religiosa y funeraria de las imágenes
Las obras pictóricas que iluminan las paredes de las capillas funerarias o las recónditas estancias donde reposaban las momias nunca tuvieron una finalidad estética.
Sus autores no solo querían recrear los espacios donde vivió el desaparecido, sino que debían satisfacer una necesidad mucho más trascendente.
El arte funerario egipcio tenía un objetivo claro: asegurar la eternidad para el difunto.
El pensamiento egipcio daban mucha importancia a la tumba, que era morada de la momia del difunto, habitada por el ka o doble del individuo y al que se dedicaban ofrendas.
El ka, la esencia vital del difunto, necesitaba nutrirse para sobrevivir en el Más Allá.
Pero si con el tiempo se extinguía la familia del muerto ¿de qué viviría su ka?
Para evitar un final tan desastroso, los egipcios recurrieron a la magia (heka) de la pintura o el bajorrelieve: bastaba representar un objeto para que se transformase en realidad.
Y para que esto sucediera eternamente no bastaba con recrear una mesa con comida, que se acabaría en poco tiempo, sino que se representaba todo el proceso de producción de alimentos.
Así, desde el Reino Antiguo vemos el proceso completo del trigo: la siembra, la siega, el trillado y el almacenaje en los silos.
Se hizo lo mismo con la caza y la pesca, para que al ka del difunto no le faltara el sustento.
Las tumbas eran decoradas con imágenes del Más Allá y de la felicidad que le esperaba al difunto que conseguía superar el Juicio de Osiris, y se llenaban de las cosas de las que había disfrutado en vida, como mobiliario, alimentos, incluso juegos.
Según la mentalidad egipcia, el Más Allá o Amenti era un reflejo celeste del Egipto terrestre; las pinturas nos muestran a las almas realizando actividades de la vida cotidiana, segando trigo, haciendo pan, cazando o celebrando fiestas.

La magia de las pinturas inacabadas
La magia también guarda relación con una particularidad del arte egipcio: el gran número de pinturas inacabadas.
Se creía que bastaba con esbozar una escena para que la magia la completase, siempre que hubiese otra similar terminada.
¿Por qué ocurría esto? La explicación es evidente si pensamos como un antiguo egipcio: la vida es continuidad, y una obra acabada es una obra muerta; por ello las cosas sin terminar indicaban que habría un mañana para continuarlas, ya que representaban la esperanza en un tiempo por vivir.
Principales características de la pintura egipcia
La pintura egipcia se destaca por la yuxtaposición de las figuras representadas.
Las pinturas aparecen casi siempre asociadas a los templos o a las tumbas.
En el caso de estas, junto a representaciones del faraón junto a distintos dioses, aparecen también imágenes del paraíso egipcio.
La falta de profundidad y perspectiva es una de sus características más reconocibles.
Especialmente la representación de la pintura egipcia muestra esta falta de profundidad, en la que es la horizontalidad lo recurrente en las figuras, animales o plantas representadas.
La manera en la que se componen las figuras funciona a partir de la línea horizontal representada en un suelo plano.
No se persigue la representación de la perspectiva ni se respetan las proporciones, sino que estas responden a la importancia del personaje.
Los dioses y faraones son representados de mayor tamaño que el resto de personajes.
La pintura egipcia siempre fue plana: cada espacio delimitado por el dibujo inicial se pintaba con un solo color, sin aplicar tonos de sombras (por ejemplo, para resaltar los rasgos faciales).
Los colores son planos, sin gradaciones, usándose un tono de color más oscuro y ocre para los hombres y un tono más claro y rosado para las mujeres.
El canon de perfil y la representación humana
Se empleaba la técnica del canon de perfil en el que destacaba el cuerpo entero exceptuando sus rostros y hombros, los cuales se encontraban mirando al frente.
Los pintores silueteaban las figuras en rojo, después hacían las correcciones necesarias en negro y finalmente aplicaban los pigmentos definitivos.
Desde la dinastía III (2686-2613 a.C.), los egipcios dividieron la figura humana en dieciocho cuadros que iban desde el nacimiento del pelo hasta los pies, el denominado canon egipcio.
Durante la época de la herejía de Amarna, 1.300 años después, el canon pasó a veinte cuadros, que se ampliaron a veintiuno durante la Baja Época y el período Ptolemaico.
El alemán Karl Richard Lepsius, durante su expedición a Egipto en 1842, observó en Saqqara que ya desde el Reino Antiguo los dibujos de las tumbas egipcias estaban realizados en base a una cuadrícula, y fue el primero en estudiar esta técnica.
Como en toda manifestación plástica, había quienes destacaban por su maestría, y las pinturas murales inacabadas permiten distinguir entre una ejecución segura y otra menos resuelta.
Mientras que los artesanos menos habilidosos recurrían a la cuadrícula previa, otros trazaban su dibujo inicial o la pintura con soltura y sin ulteriores correcciones (lo que los historiadores del arte llaman pentimenti, "arrepentimientos").
La técnica y los soportes
El "pincel" de los egipcios era un simple cálamo, una caña estrecha como la de los escribas, pero con la punta desmochada para retener la pintura.
La paleta de colores era muy limitada.
Excepto el negro, obtenido por combustión incompleta de la paja del trigo, los demás pigmentos eran minerales.
Azules y verdes eran óxidos de minerales de cobre, como la azurita o la malaquita.
Los pigmentos se disolvían en agua con un poco de resina de acacia para que se adhirieran a la superficie pintada; como fijador final se utilizaron la albúmina de huevo y la cera.
Se pintaba sobre piedra, estuco de yeso, papiro y madera.
A causa del clima seco, los egipcios no emplearon la pintura al fresco (consistente en humedecer el soporte de yeso para que los pigmentos penetrasen más profundamente).
| Elemento | Características |
|---|---|
| Dibujo inicial | Las figuras se silueteaban en rojo y se corregían en negro. |
| Instrumento | Un simple cálamo, una caña estrecha con la punta desmochada. |
| Negro | Obtenido por combustión incompleta de la paja del trigo. |
| Azul y verde | Óxidos de minerales de cobre, como la azurita o la malaquita. |
| Aglutinante | Agua con un poco de resina de acacia. |
| Fijadores | Albúmina de huevo y cera. |
| Soportes | Piedra, estuco de yeso, papiro y madera. |
El simbolismo del color
El color para los egipcios era de gran importancia, aunque por razones un tanto lógicas la gama de tonalidades era reducida a negro, blanco, amarillo, rojo, verde y azul.
Sin dejar de considerar que la gama de tonalidades eran extraídas de la naturaleza.
No eran mezclados los colores, sino que se contrastaban separándose por líneas negras considerablemente gruesas.
Como para ellos el simbolismo era fundamental, el color era uno de ellos.
Oro: Asociado con el sol y la eternidad.
Rojo: Simbolizaba poder, pero también peligro y caos.
Por un lado el rojo simbolizaba el Alto Egipto, mientras que el blanco representaba al Bajo Egipto.
Asimismo, funcionaba para diferenciar los sexos al hacer uso del color sobre la piel, especialmente si se trataba de la nobleza.
Para la mujer se empleaba un tono blanquecido, mientras que para los hombres se le agregaba un tono cobrizo.
Durante el Reino Nuevo, los obreros pintaban de amarillo las salas de los sarcófagos reales, llamadas "del oro", lo que no es de extrañar, ya que los egipcios creían que la carne de los dioses estaba hecha de este metal; de ahí que el amarillo se relacionase con la incorruptibilidad y la eternidad.
La evolución de la pintura a través de los siglos
Durante los tres mil años de historia de Egipto, la técnica y el estilo de la pintura se mantuvieron constantes en lo esencial.
Desde los primeros balbuceos aparecidos en la primera dinastía hasta el principio del Reino Antiguo, no hubo cambios apreciables ni en la técnica ni en el estilo.
La esquematización inicial de la pintura volverá a reaparecer en el Reino Medio, tras un paréntesis de un moderado realismo que dominará en todas las representaciones pictóricas de tumbas y sarcófagos decorados en el Reino Nuevo y hasta el final de la civilización egipcia.
Durante el Reino Nuevo, la pintura alcanzó su cénit.
Destacan las sepulturas de los obreros que construían las tumbas reales, en la necrópolis de la población donde vivían, Deir el-Medina.
Con Amenhotep III, el arte llegó a un nivel nunca antes alcanzado, pero su misma perfección técnica le confería frialdad.
Todo cambió con su hijo y sucesor Akhenatón, impulsor de un nuevo estilo artístico que irrumpió como una bocanada de aire fresco en un arte dominado por un excesivo academicismo: los bosques de papiros y las espigas del trigo, que hasta entonces obedecían a leyes absolutas de paralelismo y simetría, ahora se mecían al capricho de la brisa.
Fresco de Amarna en el cual se representa a dos jóvenes princesas, hijas de Akhenatón y Nefertiti.
A la muerte del faraón Akhenatón y su esposa Nefertiti, el arte ramésida -el de los primeros faraones de la dinastía XIX, fundada por Ramsés I- conservó siempre cierta dulzura heredada del período anterior.
De todos modos, en esta etapa acabaron los días de gloria de la pintura egipcia; todo lo que vino después no pasó de ser un simulacro de las glorias pasadas.
Ni la pintura saíta, ni la ptolemaica y menos aún la de época romana tuvieron esa alma que, pese a excepciones puntuales, anteriormente nunca había faltado.
La simbología religiosa en la pintura y la escultura
El simbolismo era la herramienta clave para transmitir estas ideas.
Uno de los símbolos más reconocidos del antiguo Egipto, el Anj representa la vida eterna.
El Ojo de Horus simboliza la protección divina, la curación y la plenitud.
El escarabajo pelotero simbolizaba el renacer del sol cada día, ya que este insecto rueda bolas de estiércol donde deposita sus huevos, dando nueva vida.
La diosa Maat representaba el orden cósmico y la verdad.
En el “Juicio de Osiris”, el corazón del difunto se pesaba contra una pluma de Maat.
Como para los egipcios el simbolismo era fundamental, los dioses egipcios fueron representados con sus atributos correspondientes.
Osiris es el dios solar que recorrió el firmamento navegando en su nao y nos lo enseñan en forma de momia, con látigo y cayado, un kalf (paño que le cubre cabeza y hombros) y una serpiente o ureus en la frente.
Isis, esposa de Osiris, es la diosa madre, de carácter lunar.
Se la representa a veces dando el pecho a su hijo o al faraón y se la corona con el disco de la luna llena y los cuernos de la vaca Hathor.
Horus.
La ley de la frontalidad y la geometría
Excepto en contados momentos históricos, en el arte egipcio solo se presentaba la figura humana en tensión espiritual y física, totalmente ajena a la vida diaria.
Por razones técnicas comunes a la mayoría de los pueblos de Oriente Próximo y seguramente por la idea egipcia de la elegancia, en la antigüedad, incluso cuando estas figuras son representadas en marcha, parecen rígidas.
Esa falta de movimiento se debe a la llamada ley de la frontalidad: se nos aparecen rigurosamente de frente, sin torsión, con la mirada alta y fija en el frente y los brazos, caídos con fuerza, unidos al cuerpo; cuando los avanzan, solo destacan el antebrazo.
Las obras realizadas por los egipcios mostraban una ley de la geometría muy característica.
Todas sus piezas, especialmente las esculturas, eran desarrolladas a partir de círculos, triángulos, cilindros y cubos.
Todos sus detalles, tanto en sus formas como en el ropaje, se adaptaban perfectamente bien a ritmos matemáticos.
Todas estas figuras muestran una composición perfectamente equilibradas.
Encontramos, además, ángulos perfectos de 90 grados que nos acercan al bloque de piedra del que se ha sacado cada una de las formas.
La escultura egipcia
La escultura sigue el mismo patrón de la pintura: representaciones idealizadas con un canon estricto, siguiendo la «ley de la frontalidad».
Hay dos tipos principales: el bajorrelieve y la escultura de bulto, en la que se pueden distinguir tres grupos según los personajes representados: escultura del faraón, escultura cortesana y escultura popular.
La escultura mantiene un carácter de rigidez e hieratismo, para transmitir la idea de permanencia y eternidad.
Asimismo obedece al principio o ley de la frontalidad: son esculturas muy frontales y simétricas.
Las estatuas de cuerpo entero pueden ser sedentes, o bien sobre un asiento o trono en forma de cubo, o bien, como en el caso de los escribas, con las piernas cruzadas.
Los rostros suelen estar idealizados, principalmente en el caso de los faraones, mientras que tratándose de personajes cortesanos se acercan más al retrato, incluso sin ocultar defectos o deformaciones físicas; tal es el caso del Cheik el Beled, retrato de un sacerdote entrado en carnes, o el del cortesano Seneb, aquejado de enanismo.
Suponían los egipcios, además, que el espíritu del difunto se hallaría muy conturbado y no podría lograr la resurrección si no se mantenía íntegra la momia o su estatua, de lo que proviene el procurar que ésta fuese un fiel retrato, idealizado en el caso de los faraones, y que las estatuas siempre se representen lo más compactas posibles, ya que si sobresaliesen los miembros estos podrían desprenderse con el paso del tiempo y estas eran estatuas para la eternidad.
La posición y el movimiento
Las estatuas de los faraones se disponen siempre erguidas, con el tronco recto, los brazos pegados al cuerpo o apoyados sobre los muslos si estaban sentados.
Cuando se expresa la acción de andar, casi siempre avanzan el pie izquierdo.
Si la actitud de la estatua es la de sentada sobre el suelo, como ocurre tratándose de la representación de escribas, se cruzan o juntan las piernas y se añadía un papiro desplegado sobre ellas.
En general, tampoco se les concede movimiento: como a dioses y hombres, se les representa en reposo, definidos por un perfil elegante y un modelado sobrio pero expresivo.
El relieve egipcio
Además del bulto redondo, los escultores egipcios trabajaron el relieve: el bajo más que el medio.
Tendían a rebajar la parte del fondo -hueco relieve-, no empleaban la perspectiva y representaban la figura de perfil; quizá en algún momento se debiese a que no podían interpretar el rostro de frente, pero la existencia de varias excepciones en la pintura del Imperio Nuevo nos hace pensar que preferían estas representaciones.
Parece que los escultores egipcios imaginaban a los dioses o al faraón de un tamaño mucho mayor al de los mortales.
En el periodo menfita, desarrollaban las diversas escenas en filas paralelas de figuras, sin intención de dar idea de escenario.
Los relieves se distribuían en los edificios por los más diversos lugares: revestían interiores de templos y sepulcros, decoraban columnas y pilastras o se esculpían (gigantescos) en los pilonos.
Materiales escultóricos
En cuanto a materiales, el preferido solía ser la piedra dura, como el basalto oscuro o el granito gris o rosa, aunque también empleaban la caliza y la madera; en estos últimos casos, solían policromarlos.
Fueron diversos los materiales empleados para el desarrollo de la escultura egipcia, tales como el bronce, el marfil, la madera, y la piedra principalmente.
Gracias a ello es que se ha podido conservar en el tiempo muchos de sus ejemplares.
Su grandiosidad está en la destreza generada por los artistas para el nivel tan alto de perfeccionamiento en sus detalles compositivos, a pesar de la dureza de estos materiales.
La escultura de faraones, escribas y animales
Algunas de las principales representaciones realizadas fueron de faraones y dioses.
Pese al empaque cortesano de las estatuas de los faraones, el agudo sentido de la observación de los escultores egipcios de entonces se manifiesta en los rasgos de los rostros de esos mismos personajes reales, a menudo poco idealizados.
Típicas de este momento son las estatuas de escribas sentados con las piernas cruzadas y escribiendo sobre un tablero.
La del Museo del Louvre, de piedra caliza pintada, sorprende por la fuerza del retrato del rostro, de boca apretada y ojos fijos, reflejo de la atención intensa con que escucha.
El Escriba sentado ubicado actualmente en el Museo de Louvre, en París, es una de las mejores conservadas.
Realizado en piedra caliza, con la actitud característica de la escultura de este tiempo, hierática, cuyos ojos blancos son de cuarzo, ébano y cristal de roca, el cual se asume representa a una alta autoridad administrativa, siendo esta escultura la que participara en diversas ceremonias recibiendo, para el difunto, las ofrendas respectivas.
Las esculturas egipcias de animales son -si habéis tenido alguna cerca, lo sabéis- apasionantes.
Por su carácter divino, se dedicó mucho esmero a sus imágenes de bulto redondo.
Las pequeñas efigies de divinidades que se hallan en las sepulturas, desde el Reino Medio, y se introducían hasta en los vendajes de las momias, se consideraban entes protectores que servían de conjuros o amuletos.
En general, tampoco se les concede movimiento: como a dioses y hombres, se les representa en reposo, definidos por un perfil elegante y un modelado sobrio pero expresivo.
La evolución de la escultura
Los monumentos escultóricos egipcios más antiguos son colmillos de elefante con rostros barbados en su punta y placas de pizarra con relieves tomados de tumbas predinásticas.
En el periodo menfita, el estilo que perdurará muchos siglos ya se encontraba plenamente formado.
Por sus gigantescas dimensiones impresiona la esfinge de Gizah, tallada en una enorme roca.
La mayor parte de la escultura egipcia que se ha conservado es del periodo tebano; del Imperio Medio son estatuas como la de Sesostris I y la Esfinge de Tanis.
En el Imperio Nuevo, dentro de las normas generales fijadas en época menfita, aparecen algunas actitudes nuevas y las proporciones cambian algo.
Entonces se esculpió la Vaca de Deir-el-Bahari o la diosa Hathor-una de las obras cumbre de la escultura animalista antigua-.
La escultura de tipo gigantesco se desarrolló en los extraordinarios Colosos de Memnón, estatuas de Amenothep III muy deterioradas que el faraón hizo labrar ante su templo y que no miden menos de dieciséis metros de altura.
Dentro del uniforme estilo tebano constituye un paréntesis, por su intenso naturalismo, la escultura de la época de Amenothep IV, el faraón revolucionario del culto al sol que trasladó la corte a Tell-el-Amarna.
La obra más bella de la escuela, desarrollada en el taller de Tutmés, escultor real cuya casa fue descubierta en excavaciones, es, cómo no, el busto policromado de Nefertiti, ahora en Berlín.
En el periodo saíta parece que la mayor preocupación de los escultores fue la suavidad y blandura del modelado y la tendencia a las formas contorneadas.
Buenos ejemplos son la dama Tukusit y la Cabeza verde.
Ese virtuosismo enlaza con la influencia helénica en el periodo alejandrino, en el que la escultura egipcia terminó por perder su carácter primitivo.
Conservó sus fórmulas generales de frontalidad y actitud, pero el modelado se adoptó al gusto clásico.

La función ritual de las estatuas
Una característica que algunos visitantes de museos comentan de ciertas estatuas es la impresión de que están «vivas», tal es la energía que siguen desprendiendo.
Quizá pueda deberse a efectos buscados por los artistas, como los ojos policromados de pasta de vidrio, o de la sugestión e impresionabilidad de los propios visitantes ante figuras como el escriba sentado del Louvre, la máscara de Tutankamon o la misma Nefertiti.
Lo cierto es que algunas estatuas, al igual que las momias, se sometían al rito de la «apertura de la boca», en el que el sacerdote golpeaba simbólicamente la boca de la estatua con un cincel, habilitándola para ser el vehículo del ka o doble «astral» del personaje en cuestión.
Escultura, pintura y arquitectura funeraria
La arquitectura monumental es la que mejor ha resistido al paso del tiempo y a la destrucción, fundamentalmente la de carácter religioso, templos, tumbas y complejos funerarios.
La arquitectura egipcia se caracteriza por la utilización de materiales como la caliza, el adobe y la madera; en una época más temprana se utiliza también el ladrillo, aunque este deja de utilizarse en el Imperio Antiguo.
Los elementos arquitectónicos más característicos son las columnas.
Se suele considerar la influencia de las columnas egipcias sobre el origen y desarrollo de los órdenes griegos.
El templo egipcio no tenía una función ceremonial popular como las iglesias, el pueblo podía entrar pero sólo hasta el patio.
No servía entonces para que el sacerdote predicara su doctrina a los fieles.
La luz iba disminuyendo según se iba accediendo al santuario, que era la zona más oscura.
Los patios, abiertos, representaban la parte más iluminada, el contacto con el pueblo.
Las tumbas son de las construcciones egipcias que más se han conservado.
En las tumbas se situaba el cuerpo del difunto, momificado.
Esta práctica de la momificación parece remontarse a la época de formación de esta civilización, gracias al particular clima egipcio que posibilitaba la conservación del cuerpo.
Después se desarrollaron técnicas para mejorar esa conservación, dentro del ritual de la momificación.
Al difunto se le extraían los órganos internos, algunos se desechaban, como el cerebro y otros, como los pulmones, el estomago, el hígado y los intestinos, se depositaban en los vasos cánopos, vasijas con cabezas de animales que representaban a los hijos del dios Horus.
El corazón, sede de los pensamientos y emociones, se dejaba en el cuerpo, pues era el punto central del Juicio al que debía someterse.
A veces junto al corazón se situaba un escarabajo grabado con jeroglíficos como recordatorio de la llamada «confesión negativa» que debía realizar el alma del difunto (ba) ante el tribunal de los dioses presidido por Osiris.
Una vez en el juicio, el difunto debía realizar la confesión negativa.
De esta confesión tomaba nota el Dios escriba Thot, acto seguido Anubis, de cabeza de chacal tomaba el corazón y lo pesaba en la balanza con la pluma de Maat (la Verdad, la Armonía) en el otro platillo.
Si el corazón pesaba más que la pluma, era por culpa de los defectos y pecados, siendo devorado por el terrible monstruo Ammit, de cabeza de cocodrilo y cuerpo de hipopótamo.
Mastabas, hipogeos y pirámides
Al principio, las tumbas eran más bien sencillas.
En el Imperio Antiguo aparecen las mastabas, dedicadas exclusivamente a los reyes o a los altos nobles, igual que la momificación.
En el Imperio Medio y Nuevo se utilizan los hipogeos, tumbas excavadas en la roca.
Tradicionalmente, la historiografía ha considerado las pirámides como las tumbas de los reyes a los que se les atribuyen.
Sin embargo, a esta idea se le pueden poner ciertas objeciones.
Por ejemplo, el hecho de que en la pirámide de Keops no haya sólo una cámara mortuoria, sino hasta tres.
O el de que su padre Sneferu erigiera no una pirámide, sino hasta tres o cuatro.
Simbólicamente la pirámide se asociaba a la Colina Primordial que surgió de las aguas del Caos y donde se posó la Divinidad en forma de Ave Fénix (Benben) para dar origen a la Creación.
La pirámide escalonada de Saqqara se considera como la primera.
Al primer faraón de la IV dinastía, Sneferu, se le atribuye tres pirámides más una secundaria.
La Pirámide romboidal o acodada, en la que la inclinación inicial se modifica, fue considerada como una pirámide «fallida»; sin embargo hay investigadores que consideran que el proyecto inicial incluía ya el cambio de inclinación.
La pirámide de Meidum, atribuida a su antecesor Huni y siendo supuestamente terminada por Sneferu, de la que sólo queda el núcleo central, teniendo por tanto más aspecto de torre que de pirámide.
Haría falta un tratado entero para hablar del complejo de Gizeh y acercarse un poco a todos los misterios y enigmas que encierran sus monumentos, entre ellos la Gran Pirámide, la única Maravilla de la Antigüedad que queda en pie hoy en día.

La arquitectura como marco de las artes
La arquitectura egipcia vinculaba estrechamente la escultura y la pintura.
Siendo, como gran parte de su obra, monumental debido a la grandeza de sus estructuras.
Esta grandeza se debía a sus extraordinarios conocimientos matemáticos y técnicos, de tal manera que tanto los arquitectos como los artesanos en general, eran personas muy organizadas.
La finalidad de sus monumentos era, en gran medida, religiosa, aunque también existieron edificaciones civiles en la que emplearon en uso de adobe para las viviendas, así como palacios, fortalezas y murallas.
Sin embargo, los materiales radicaban primordialmente en enormes bloques de piedra bajo un sistema adintelado de construcción con columnas muy robustas que, gracias a ello, perduraron en el tiempo.
La vivienda egipcia
Las viviendas no dejan de ser menos importantes, especialmente por la distribución bien pensada.
Se constituía por diversos domicilios rodeados de un salón con luz cenital y columnas.
Todas ellas contenían bodegas subterráneas, así como terrazas y un jardín al fondo.
Algunas de las viviendas que aún se conservan de los egipcios se ubican en Tell el-Amarna y en Deir el-Medina.
El speos
El speos era un templo especialmente de carácter funerario realizado tras el tallado en roca.
Uno de los que más se destaca ...
La pintura y la escultura como lenguaje de eternidad
El arte del antiguo Egipto, además de ser estéticamente impresionante, es una expresión profunda de sus creencias religiosas y su obsesión por la eternidad.
La civilización egipcia aún nos sigue sorprendiendo por su estabilidad y continuidad.
A lo largo de sus 3000 años de historia, sus formas parecen no cambiar, no evolucionar, y nos transmiten la idea de eternidad.
El arte egipcio se considera como uno de los más representativos movimientos artísticos desarrollados en la Antigüedad Egipcia.
La cantidad de obras que se desarrollaron fue a gran escala y de grandes magnitudes, así como monumentales.
Todas ellas estaban estrechamente relacionadas con grandes simbolismos, conteniendo temas tanto funerarios, como religiosos.