Uso del alero en la historia: refugio, arquitectura y patrimonio cultural

Por definición, el alero es la prolongación en voladizo de un tejado para proteger los paramentos o muros de la lluvia y otros factores climáticos, y además, su estructura ayuda a equilibrar el conjunto de la obra.

Más allá del punto de vista técnico, el alero en las construcciones rurales es un sutil reflejo de las tradiciones estéticas y culturales amasadas durante siglos, adaptadas sabiamente a las condiciones que ofrece un determinado lugar.

Tipos de aleros arquitectónicos históricos

El alero como respuesta a las condiciones climáticas

En todos los pueblos de la antigüedad de que se tienen noticias existieron en las casas los aleros que protegían los muros de las inclemencias del tiempo: sol, lluvias, vientos, nieve, jugando un rol de suma importancia en casas altas o pequeñas, pobres o ricas desde el punto de vista de la arquitectura.

Los aleros prolongan la cubierta más allá de los muros y crean una zona protegida frente al agua de lluvia, la radiación solar y otros agentes atmosféricos.

Este elemento no solo resguarda los paramentos, sino que también contribuye al equilibrio visual y constructivo del edificio.

Sin embargo, por el propio carácter utilitario y humilde de la arquitectura que nos ocupa y la implantación de nuevas técnicas y materiales hemos visto desaparecer gran parte de este legado etnográfico en las últimas décadas.

El origen arquitectónico y cultural del alero

El fenómeno del alero trinitario no es estático, está diversificado desde abundar varios tipos que se enmarcan en uno u otro siglo, hasta en ocasiones viajar a épocas posteriores.

En esta antigua villa los aleros tienen su origen en las tradiciones artísticas españolas, se adaptaron a este tipo de casa caribeña de altas paredes y balcones que no esconden su rica influencia morisco-mudéjar.

El carácter mudéjar se aprecia especialmente en las soluciones realizadas con ladrillo, en los vuelos progresivos y en la disposición ornamental de las hiladas.

La casa trinitaria adoptó distintas soluciones para diferentes momentos en la construcción de sus aleros, estos constituyen un índice para el estudio de la ciudad.

La evolución del alero durante el siglo XVIII

Fue a principios del siglo XVIII que la arquitectura doméstica adquirió una singular importancia en cuanto a la elaboración y tratamiento decorativo.

Por esta época los aleros comienzan a jugar un rol de primera línea, no solo por su funcionalidad, sino también por el toque de elegancia y belleza que le imprimen a la fachada.

En los primeros años del siglo XVIII las viviendas se caracterizaron por el uso de los conocidos “aleros de albañilería” que se elaboraron teniendo como base el ladrillo, teja, arena y morteros de cal.

Al surgir nuevos materiales en este siglo se introducen nuevas formas de aleros, utilizándose el yeso en los elegantes y artísticos volados en gola.

En Trinidad estos aleros adoptan tres variantes: la primera es un estilo muy tradicional que aparece en casas de la primera mitad del siglo XVIII, consiste en una serie de viguetas en forma de L situadas a la misma distancia sobre las cuales descansa una viga que corre a todo lo largo de la fachada y sobre ella se apoya toda la estructura del techo, es común su existencia en la ciudad vecina de Sancti Spíritus.

La segunda variante es de tornapunta común que posee una gran voladura hacia la calle.

Este aparece en tres variantes: sin ranurado, con ranurado simple, o doble.

En el siglo XVIII se señalizan los canes que componen estos aleros con ranurado doble y en el posterior es común el ranurado simple.

Están ubicados en la trama urbana del siglo XVIII.

Es un alero que muestra una solución muy práctica, posee cierta inclinación con relación al muro para facilitar la caída de agua al llover.

Se recubre por una tablazón que fija las membranas a través de clavos y se caracteriza por su voladura hacia la calle.

Materiales y técnicas constructivas

Para realizar el alero se utiliza normalmente el ladrillo macizo cerámico colocados a soga, tizón o pico, en hiladas simples, dobles o triples y asentados sobre tierra estabilizada con muy poca cal, aunque tampoco es raro ver morteros de arena y proporciones más ricas en cal.

En otros casos pueden encontrarse aleros más elaborados con aparejo de tejas.

Empezando por los aparejos más sencillos, en esta primera foto observamos la hilada simple con ladrillo colocado a tizón.

Pasando a un aparejo más elaborado, en este lagar de Los Montes vemos como se añade una segunda hilera.

Relativamente menos abundantes, también podemos encontrar los aleros dispuestos a pico de gorrión como este de Pizarra.

Pasamos del aparejo de ladrillos macizos a la teja.

En la región central del país aparecen estos de tres o cuatro hiladas, algunas veces flanqueados por filetes.

En nuestra ciudad en particular estos se forman por tejas empotradas de una, dos o tres hiladas, nunca de cuatro como en otras regiones.

En las construcciones habaneras se componen de dos o tres hiladas superpuestas y dispuestas en voladizo progresivo teniendo cierta similitud con los de Trinidad.

ElementoCaracterísticas
Material principalladrillo macizo cerámico
Disposiciónsoga, tizón o pico
Número de hiladassimples, dobles o triples
Morterostierra estabilizada con muy poca cal, arena y proporciones más ricas en cal
Otros materialesteja, yeso, madera y tablazón

El alero de albañilería

Este tipo de alero posee un típico carácter mudéjar, se compone de una hilera de ladrillos dispuestos horizontalmente y algo volados con respecto al muro, sobre la cual se asienta otra hilada en forma esquinada de manera que su saliente o voladizo dibuja una cinta quebrada en la parte que rebasa la tangencia de los ladrillos esquinados y encima se disponen una o dos hiladas de ladrillos colocados normalmente pero con vuelo progresivo y sobre ello el remate volado de las tejas.

Es característico de las ciudades más primitivas, no son tan comunes y utiliza el ladrillo como componente fundamental en su estructura.

Se elabora colocando una hilada de ladrillos horizontales y a la vez perpendiculares al muro, algo salido del parámetro exterior que servirá de base a hiladas sucesivas que se colocarán también algo voladas, pero menos que la hilada base, la última hace al igual que la primera de filete, luego las hiladas se recubren con mortero lográndose la forma deseada.

Por las propias características constructivas y la cantidad de hiladas, su voladura hacia la calle no va más allá de los 30 centímetros, siendo esto una desventaja por el daño que ocasionan el sol y la lluvia sobre muros.

Los aleros de tornapunta

La segunda variante es de tornapunta común que posee una gran voladura hacia la calle.

Este aparece en tres variantes: sin ranurado, con ranurado simple, o doble.

En el siglo XVIII se señalizan los canes que componen estos aleros con ranurado doble y en el posterior es común el ranurado simple.

En los siglos XVIII y XIX se difundió el uso de este tipo de alero prevaleciendo en el siglo XIX más que en el siglo XVIII.

Tiene un mayor predominio en la trama urbana del siglo XIX.

Se asocia este alero a los techos planos o de azotea, cubiertos con cielo raso de yeso que fue una de las novedades de la época.

Los aleros en gola

Al surgir nuevos materiales en este siglo se introducen nuevas formas de aleros, utilizándose el yeso en los elegantes y artísticos volados en gola.

Las casas del siglo XIX remodeladas sobre antiguas o construidas sobre nuevas, ofrecen diferentes versiones de fachadas con aleros de tornapuntas o en gola con pretiles.

Los aleros de madera

Los aleros realizados en madera son los menos utilizados en la arquitectura popular y tradicional de nuestra geografía, y cuando aparece, se limita prácticamente a los balcones.

Quizá el motivo sea que la madera empezó a ser un material caro a partir del siglo XVIII por la escasez derivada de la deforestación, aunque lo cierto es que más allá de suposiciones no hay nada asegurado sobre este aspecto.

En este cortijo de Alhaurín el Grande encontramos una infrecuente moldura de la que prácticamente no queda nada cubriendo un alero de hilada simple, mostrándonos a un propietario con capacidad económica y preocupado por la estética del edificio, en algunos paramentos del edificio aparecen restos de pinturas murales.

El alero durante los siglos XVIII y XIX

En los siglos XVIII y XIX se difundió el uso de este tipo de alero prevaleciendo en el siglo XIX más que en el siglo XVIII.

Estos aleros de considerable longitud, constituyeron la moda del siglo XIX se vincularon generalmente a los inmuebles de las familias más importantes como fueron los palacios Iznaga, Cantero, Brunet, entre otros posteriormente transcendieron a otras viviendas locales situadas en diferentes calles de la antigua ciudad.

La combinación de aleros en el siglo XVIII se vinculó casi siempre a casas esquineras, aunque puede aparecer en algunas medianeras.

Es amplia la gama de aleros combinados llegando a 10 tipos de combinaciones.

A diferencia de los aleros combinados que se enmarcan en el siglo XVIII vinculado a casas esquineras, en el siglo posterior esto es poco común, pero a pesar de ello resulta importante como logran imponerse estos de un siglo pasado en otro, enriqueciendo la fachada.

Las combinaciones de aleros más relevantes en la trama urbana del siglo XIX se aprecian en la calle Santo Domingo esquina a Guásima donde una casa esquinera hace uso de un alero de tornapunta con aleros de tejaroces protegiendo sus muros laterales, en la calle Gutiérrez casi esquina a Colón, tenemos otro ejemplo donde una fachada ecléctica con un perfil hace uso de un alero de tejaroces para proteger su muro lateral.

El alero como elemento de lectura histórica de la ciudad

La casa trinitaria adoptó distintas soluciones para diferentes momentos en la construcción de sus aleros, estos constituyen un índice para el estudio de la ciudad.

Las formas de los aleros, el número de hiladas, los materiales, el tipo de vuelo y la relación con las cubiertas permiten identificar transformaciones constructivas y cambios en los gustos arquitectónicos.

La presencia de aleros de albañilería, tornapuntas, tejaroces, soluciones en gola y estructuras de madera revela la coexistencia de diferentes etapas históricas.

En la trama urbana pueden observarse soluciones propias del siglo XVIII que posteriormente permanecieron, se transformaron o se combinaron con recursos característicos del siglo XIX.

El alero, por tanto, no debe entenderse únicamente como un remate de la cubierta, sino como una parte visible de la evolución de la vivienda y de la imagen urbana.

Detalle de alero colonial de ladrillo y teja

El alero en la arquitectura rural

Por definición, el alero es la prolongación en voladizo de un tejado para proteger los paramentos o muros de la lluvia y otros factores climáticos, y además, su estructura ayuda a equilibrar el conjunto de la obra.

Pero más allá del punto de vista técnico, el alero en las construcciones rurales es un sutil reflejo de las tradiciones estéticas y culturales amasadas durante siglos, adaptadas sabiamente a las condiciones que ofrece un determinado lugar.

Para realizar el alero se utiliza normalmente el ladrillo macizo cerámico colocados a soga, tizón o pico, en hiladas simples, dobles o triples y asentados sobre tierra estabilizada con muy poca cal, aunque tampoco es raro ver morteros de arena y proporciones más ricas en cal.

En otros casos pueden encontrarse aleros más elaborados con aparejo de tejas.

Los aleros realizados en madera son los menos utilizados en la arquitectura popular y tradicional de nuestra geografía, y cuando aparece, se limita prácticamente a los balcones.

El valor de estas soluciones rurales no se limita a su antigüedad, pues también refleja la disponibilidad local de materiales, las condiciones económicas de los propietarios y las necesidades prácticas de cada construcción.

Aleros, abrigos rocosos y ocupación humana

El término alero también se utiliza en arqueología para designar un abrigo rocoso, es decir, un espacio protegido por una saliente natural de la roca.

En 1936 el arqueólogo norteamericano Junio Bird excavó por primera vez el sitio Cueva Fell, asentamiento ubicado en la ribera sur del río Ciaike o Chico.

Esta investigación transformó a este lugar en un hito emblemático del poblamiento del cono sur de América.

El estudio pionero de Bird en Chile definió un primer período de ocupación humana en el alero rocoso caracterizado por las puntas de proyectil para la caza de grandes presas, conocidas como "cola de pescado", cuya antigüedad se ha calculado en 9.000 a.C.

Las puntas aparecen junto a abundantes herramientas de piedra, restos de fauna extinta y no extinta.

Palli Aike, caverna también excavada por Bird en 1936, ubicada a 40 kilómetros de distancia de cueva Fell, presentó artefactos líticos similares a los de cueva Fell y tres esqueletos humanos cremados en su interior.

Mapa de Cueva Fell y Palli Aike

Los primeros estadios de ocupación

Según piensan los arqueólogos, los habitantes tempranos de la patagonia chileno-argentina pueden ser entendidos en dos estadios sucesivos de ocupación de este espacio.

El estadio I Los Toldos, con fechas entre 10.650 a.C. y 9.000 a.C., integraba a las bandas de las cuevas Los Toldos (cueva 3), Arroyo Feo, Búho y Ceibo-7.

El estado II Fell ubicado entre el año 9.000 a.C. y el 6.689 a.C. que integraba los componentes culturales de las cuevas argentinas con las del lado chileno, de las que podemos mencionar: Toldos-3, Toldos-2, Las Manos, Las Buitreras, Fell, Palli Aike, Cerro Sota, Marazzi, Tres Arroyos y Cueva del Milodón.

EstadioFechasCaracterísticas
Estadio I Los Toldos10.650 a.C. y 9.000 a.C.Bandas de las cuevas Los Toldos, Arroyo Feo, Búho y Ceibo-7
Estadio II Fell9.000 a.C. y 6.689 a.C.Componentes culturales de cuevas argentinas y chilenas

Este segundo y más tardío complejo cultural paleoindio se caracterizaba por el uso de cavernas con fines habitacionales (Fell), talleres para la confección de herramientas de piedra a cielo abierto y paraderos temporales cuyas huellas arqueológicas son casi imperceptibles; cuevas con fines ceremoniales y habitacionales (Palli Aike) o exclusivamente destinadas a ceremonias (Los Toldos) o el crematorio de cuerpos humanos (Cerro Sota).

En este contexto, el alero rocoso funcionaba como espacio de protección, habitación, actividad técnica, ceremonia o memoria colectiva.

Los aleros pintados de Cerro Colorado

La localidad de Cerro Colorado está ubicada en la porción norte de los cordones montañosos que integran las Sierras Centrales.

En la localidad arqueológica se destacan por su importancia las pinturas rupestres, ubicadas en abrigos y aleros que se emplazan tanto en el casco urbano como en su periferia, en un radio de hasta siete kilómetros.

Estos sitios han reunido un conjunto de investigaciones a lo largo de un siglo, no obstante, cabe destacar que es a partir del año 1992 -momento en que el área se declara como reserva provincial- cuando adquieren una mayor notoriedad y el lugar se consolida como el foco arqueológico más relevante de la provincia.

Las primeras informaciones sobre la presencia de arte rupestre en Cerro Colorado fueron dadas por Leopoldo Lugones (1903).

A partir de este momento se sucedieron diferentes propuestas de trabajo (Boman, 1908; Outes, 1911; Imbelloni, 1923; Frenguelli, 1927; Ricci, 1928).

Los primeros estudios sistemáticos fueron llevados a cabo por Gardner (1931) y continuados por Pedersen (1953-1954, 1959), González (1963) y Peréz Gollán (1968), quienes sentaron las bases para estudios posteriores (Berberián y Nielsen, 1985; Bolle 1987; Bornancini 2010).

El arte rupestre de Cerro Colorado está compuesto por millares de motivos pintados, presentes en cincuenta sitios que se encuentran dispersos entre diferentes cerros como La Conga, Veladero, Intihuasi y Colorado-Vaca Errana (Figura 1).

Entre los motivos rupestres predominan aquellos de carácter figurativo, en general referidos a imágenes de carácter zoomorfo y antropomorfo, entre los cuales se destacan las figuras de camélidos, indígenas y españoles ricamente ataviados.

Arte rupestre en alero de Cerro Colorado

El alero como espacio arqueológico y paisajístico

Según Tim Ingold (2000), los paisajes son constituidos como un registro durable de las generaciones pasadas que lo han habitado y que dejaron allí algo de sí mismas.

Los sitios arqueológicos repican al compás de la vida humana, porque se los dota de significados a partir de ser percibidos -vistos, escuchados y sentidos-.

Como rasgos del paisaje/espacio, se presentan como verdaderos monumentos del paso del tiempo (Augé, 1993; Ingold, 2000).

Un sitio con arte rupestre, por ejemplo, debe su carácter a la forma en que se lo significa; posee una espacialidad y una temporalidad que se conforma por quienes lo perciben, lo visitan y lo habitan.

En este sentido, comprendemos a los sitios con arte rupestre como cronotopos, en que los nudos de significación se atan y desatan, donde el espacio y el tiempo no se entienden por separado.

Estas memorias construidas son diversas y variables, y se conforman a partir de la sucesión de significados adquiridos, ya sea por un objeto, grupo de objetos o un sitio arqueológico, como resultado de los diferentes usos, asociaciones y contextos que se han incorporado desde su “fabricación” hasta la actualidad (Bailey, 2007).

El uso actual de los aleros como lugares de visita

El casco urbano y entorno rural cuenta con un total de trescientos ochenta habitantes estables, para quienes el turismo representa una importante fuente de ingresos.

Dicha actividad se desarrolla durante el transcurso del año, aunque posee mayor relevancia en determinados momentos, como feriados provinciales o nacionales, receso escolar invernal y vacaciones de verano.

No obstante, si nos referimos solamente a las visitas realizadas a las pinturas rupestres, la mitad de sus visitantes provienen de los viajes educativos (quince mil escolares anuales, aproximadamente).

En el ámbito público, también se percibe la importancia del turismo en los empleos debido a la presencia de instituciones gubernamentales como la Secretaría de Ambiente y las Agencias de Turismo y de Cultura, que cuentan con una oficina de atención al público, un destacamento de guardaparques y un museo arqueológico.

En la misma esfera, se incluyen siete guías particulares con los que cuenta la localidad y que realizan recorridos por distintos sitios arqueológicos.

Visitas guiadas y acceso a los sitios

En el año 2013, a partir de la Ley provincial N°10.226 que habilitó la expropiación pública de un conjunto de aleros pintados en Cerro Colorado, comenzó un proceso de toma de posesión de tierras por parte del Estado que continúa desarrollándose en la actualidad.

Las y los guías del museo arqueológico actualmente solo realizan visitas a cinco sectores ubicados en la cara oeste del cerro Intihuasi (denominada parte “baja” de dicho cerro); la Cueva del Indio, en el cerro Veladero; y dos aleros en el cerro Colorado, denominados Ricci y Quitilipi (Figura 2).

El museo arqueológico provincial dispone de entre tres y cuatro horarios diarios de visitas gratuitas a cargo de su personal.

Si bien estos sitios son públicos, solo se puede acceder a estos acompañados por las y los guías del museo en los horarios programados.

Respecto del Intihuasi bajo, el ingreso se encuentra a cien metros del museo, en tanto que el cerro Colorado se sitúa a 400 metros.

En ambos sitios existen puertas con candado que dan a la vía pública.

Dos de los siete guías privados ofrecen sus servicios a escasos metros de la puerta del museo arqueológico, en horarios en que este no cuenta con turnos de salidas, no obstante ellos dicen que “tienen que ofrecer algo diferente a las visitas que hace el museo, ya que las nuestras son pagas y las del museo no” (Registro de campo, Cerro Colorado, julio 2018).

Si bien hemos mencionado que tanto las y los guías del museo como los particulares realizan recorridos en los mismos sitios arqueológicos, los últimos suelen incluir otras opciones.

Recorridos por los aleros

En orden de importancia y según la elección de los visitantes, la parte alta del cerro Intihuasi (Figuras 3 y 4) se encuentra en primer lugar.

Su acceso se halla a pocos metros del museo arqueológico, donde se visitan cuatro o cinco aleros situados en la ladera oriental.

Durante el recorrido se muestran y describen plantas nativas y algunas formaciones geológicas que, aunque no poseen pinturas, llaman la atención por sus particularidades físicas.

El segundo recorrido elegido es la Cueva del Indio, situada en la parte media del cerro Veladero, que, si bien pertenece a la órbita estatal, es visitada con menor frecuencia por las y los guías oficiales.

A este abrigo rocoso se accede por una pendiente relativamente empinada y desde allí se puede observar el pueblo y sus alrededores.

Finalmente, se realizan visitas a los aleros denominados Los Españoles y La Trampa, en la ladera oriental del cerro Vaca Errana.

Su acceso requiere el uso de un vehículo, ya que el campo privado donde están localizados se encuentra a cuatro kilómetros del casco urbano.

Una vez allí, el recorrido a pie hasta las pinturas de Los Españoles dura cerca de veinte minutos, a lo que puede agregarse un tiempo similar para arribar al alero de La Trampa.

El repertorio iconográfico de estos sitios contrasta con aquellos que se ven en las “guías oficiales”, de modo que sirven de complemento para estas (Figura 5).

El Alero de la Iglesia o Cerro Veladero 4

El sitio Alero de la Iglesia o Cerro Veladero 4 (de ahora en adelante, CV4), según la nomenclatura dada por Recalde (comunicación personal), es un alero pequeño ubicado a solo cien metros del museo arqueológico, lugar desde donde parten las visitas guiadas a los aleros de Ricci, del Quitilipi, Intihuasi y Cueva del Indio en el propio Veladero.

El sitio se localiza a escasos metros de la calle principal de la localidad, inmediatamente detrás de la iglesia y de la oficina de turismo (Figura 1).

Para arribar a su emplazamiento hay que subir un pequeño promontorio rocoso al que, desde la arteria principal, se tarda diez minutos en alcanzar.

Este sector del cerro pertenece desde hace algunos años al Estado provincial, pero no está alambrado y no hay que pedir permiso especial para visitarlo.

Desde el sitio en particular, se tiene una visión de los cerros circundantes (Colorado, Intihuasi y el propio Veladero) y de otras formaciones más alejadas, así como de una parte del pueblo.

El alero expone motivos pintados con colores rojo, negro y blanco, tonalidades características del área de estudio.

Existen, además, morteros, hoyuelos en las rocas del piso y dos grabados ubicados en esta misma posición; aspecto llamativo, ya que hasta el momento solo se han identificado otros dos sitios con grabados en toda la localidad (Bornancini, 2010; Recalde, 2015a), lo que hace de este un lugar particular.

En cuanto a las pinturas, si bien su cantidad no es tan significativa como en otros lugares (por ejemplo, los aleros de Ricci en el cerro Colorado y de Las Catas en Intihuasi), su número se encuentra dentro del porcentaje promedio de los sitios de la zona.

Sitio Cerro Veladero 4.

El tiempo, la memoria y el significado del alero

Este trabajo trata principalmente sobre el tiempo y su uso en la construcción del discurso acerca del pasado de la localidad de Cerro Colorado, en el norte de la provincia de Córdoba.

Es también un intento por comprender las narrativas construidas por los distintos actores que forman parte del entramado social de la localidad, y que constituyen maneras paralelas de vivir e interpretar, no solo el pasado, sino también el presente.

En este sentido se propone el análisis de la producción de relatos sobre el pasado, en torno a los sitios con arte rupestre y en qué modo estos son incorporados a esos discursos.

El pasado se “construye”, del mismo modo en que moldeamos el presente y el futuro, a través de las relaciones con los objetos y los seres que nos rodean, significándolo de un modo particular y propio.

Por este motivo, resulta plausible de “fabricarse” a partir de lo que se muestra y de cómo se muestra.

Entender el pasado como un espacio construido implica entender al tiempo como algo modificable y sujeto a ser percibido de múltiples modos, ya que los humanos somos quienes dotamos al tiempo de significación y estructura.

El tiempo es trascendental, depende del sujeto que lo “intuye” y no está determinado por objetos externos (Kant, 2009), lo que necesariamente no significa que estos no sean relevantes en la temporalidad, de hecho, junto con las prácticas sociales constituyen un entramado de relaciones que dan forma al pasado.

Entonces, si los objetos y las prácticas son herramientas para moldear el pasado, la diversidad de ambos permite intuir, como afirma la arqueología hermenéutica, que existen variadas formas de vivir/percibir el pasado.

Entendemos que el espacio y el tiempo se entrelazan, y ambos como “dos caras de una misma moneda” definen significados diversos: el tiempo se mide a partir de los cambios en el espacio, y a su vez, el espacio se entiende y se mide a partir del tiempo (Carrillo, 2008).

Pensar los sitios arqueológicos y los objetos que los constituyen mediante el concepto de cronotopo (Bajtin, 1981), permite discutir las posiciones ortodoxas que se han desarrollado en la arqueología.

Según Ingold (2000), al ser los cronotopos lugares cargados de temporalidad esta adopta una forma palpable.

Es un marco de referencia espacio-temporal, el contexto donde pueden visualizarse conexiones esenciales de relaciones temporales y espaciales que dotan de sentido a los sucesos (Bajtin, 1981).

Este palimpsesto de significados (Bailey, 2007) se presenta en Cerro Colorado por medio de los discursos temporales que se elaboran y se ponen de manifiesto y que promueven la incorporación o exclusión de un sitio arqueológico al modo en que se significa el pasado.

Según Gosden (1994), las diferentes formas de percibir el mundo se distinguen por su “creación” del tiempo y por el modo en que el pasado se utiliza para dar forma al presente y al futuro.

Este autor propone tres temporalidades intersectadas dentro de las prácticas sociales de los individuos: el tiempo personal, referido a la duración de la vida de las personas; el tiempo habitual, que incluye a la cotidianeidad y sus acciones; y por último, el tiempo público, de significados que son manipulados conscientemente.

En Cerro Colorado se presenta un paisaje multitemporal que opera en el presente para referirse al pasado; narrativas construidas que se valen del uso de ciertos espacios y lugares para conformarse como lo habitual en la cotidianeidad del pueblo.

Politécnica Tal Cual: [773] Arte rupestre del Barranc de la Valltorta [202-11-05] -UPV

El alero en la lengua y en la vida cotidiana

The term “eavesdrop” has its origins in the architectural genius known as the eaves of a house.

The eaves are the part of the roof that extend past the actual outside walls, so that rainwater will pour off of the slanted roof, away from the house and its potential damage.

(We weren’t born with gutters, you know).

This creates a dry area to stand outside the house (the eavesdrop), and, incidentally, the perfect venue to overhear what is going on inside.

The term “eavesdropping” has definite negative connotations because of its implicit proactive busy-bodiness.

Like a snoop, or a meddler, or a wire-tapper.

But an overhearer?

There’s no fault there.

We cannot help but overhear.

And be overheard.

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